Capítulo XLXVIII
LOS NOMBRES QUE NO REGRESARON
Aveline encontró el cuaderno por accidente. Eso era importante. No estaba buscando secretos. Buscaba una pluma. Darian tenía seis sobre el escritorio y ninguna donde debía estar. Abrió un cajón. Encontró mapas. Otro. Sellos. Otro. Un cuaderno de cuero viejo. Reparado varias veces. Aveline lo tomó. La primera página tenía cuatro nombres. Rhek Var. Dalen Mor. Keris Vaal. Torven Dra. Debajo: Paso de Kareth. Retaguardia.
• • • Aveline no debía seguir leyendo. Lo sabía. Entonces vio la siguiente página. Más nombres. Fechas. Lugares. Pequeñas notas. No estrategias. Personas. Dalen: hija, dibujo de caballo terrible. Rhek: hablaba demasiado. Veinticuatro. Keris: insistía en que su cuchillo perteneció a un rey antiguo. Era mentira. Torven: diecinueve. Aveline dejó de respirar. • • • Darian entró. La vio. Después vio el cuaderno. Se quedó quieto. Aveline cerró inmediatamente. —Lo siento. —Está bien.
—No estaba buscando— —Lo sé. Darian dejó unos documentos. —Puedes leerlo. Aveline frunció el ceño. —¿Seguro? —Sí. • • • Se sentaron. Aveline abrió de nuevo. —¿Quiénes fueron los primeros cuatro? Darian tardó un momento. —Kareth. —Una retirada. —Nos estaban rodeando. —Necesitábamos veinte minutos. Pausa. —Ellos se ofrecieron. —¿Sobrevivió alguien? —De esos cuatro, no. —¿Y el resto? —Más de treinta escaparon. Aveline miró los nombres.
—El informe oficial decía cuatro bajas. Darian la miró. —¿Cómo sabes? —Leí muchos de tus informes durante la guerra. —Naturalmente. Aveline pasó un dedo sobre la página. —Cuatro bajas. —Sí. —Aquí no son cuatro. Darian apoyó los brazos sobre las piernas. —Ese era el problema. • • • Aveline siguió leyendo. Valderan. Once nombres. Debajo: Orden de retirada dada siete minutos tarde. Ella levantó los ojos. —Darian. —Sí. —Siete minutos. —Sí. —¿Murieron por eso?
Él tardó. —No todos necesariamente. Pausa. —Pero quizá algunos. —¿Cómo sabes que fueron siete? —Lo revisé. —¿Cuántas veces? Darian no respondió. Eso fue respuesta suficiente. • • • —¿Cuántos nombres hay? —preguntó. —No sé. Aveline lo miró. —¿Nunca los contaste? —No. —¿Por qué? Darian tomó el cuaderno. —El ejército tiene números. —Necesita números. —Necesita saber cuántos murieron, cuántos faltan, cuántas familias reciben pensión. Pausa. —Pero alguien tiene que recordar que esos números tenían nombres. • • •
Aveline permaneció en silencio. Darian pasó varias páginas. —Esto no significa que recuerde a todos perfectamente. —Algunos apenas los conocí. —Otros murieron bajo generales que respondían a mí. —Hay nombres que tuve que preguntar después. Pausa. —Pero están aquí. Aveline: —¿Por qué? Darian respondió sin mirarla. —Porque el día que esto deje de importarme... Cerró el cuaderno. —debería renunciar al mando. • • • Aveline pensó en la Heroína. En los informes humanos. Pérdidas aceptables. Objetivos cumplidos. Doscientos muertos. Había utilizado las mismas palabras. No por crueldad. Porque un ejército no podía funcionar escribiendo biografías en cada reporte.
Pero había olvidado demasiadas veces que alguien tenía que hacer el trabajo contrario. Convertir números en personas otra vez. • • • —¿Esto cambió cómo gobiernas? —preguntó. Darian asintió. —Ambulancias blindadas. —Pensionados. —Radios. —Exploradores. —Evacuaciones. —Estandarización de suministros. Pausa. —Es fácil llamar “eficiencia” a muchas cosas hasta que recuerdas quién paga la ineficiencia. Aveline miró el cuaderno. —Soldados. —Y sus familias. • • • Esa noche Aveline cocinó. Darian consideró aquello sospechoso. —¿Qué hiciste? —Comida. —Eso veo.
—No pareces confiar. —Después de escuchar lo que hiciste con una sartén la semana pasada, la prudencia es razonable. Aveline lo señaló con una cuchara. —Come. Darian obedeció. • • • La comida era buena. No extraordinaria. Buena. Eso parecía haber sido exactamente el objetivo. Lio comió dos platos. Varkhaz apareció “por casualidad” y recibió uno. Después Lio se fue a dormir. Varkhaz desapareció con el resto del pan. Darian y Aveline quedaron solos. • • • —Gracias por enseñarme el cuaderno —dijo ella. —Lo encontraste. —Podías haberlo quitado. —No quería. Aveline sostuvo su mirada. Había algo diferente desde Vhalyr. Darian estaba más callado.
La observaba cuando creía que ella no lo veía. Aveline también lo hacía. Ninguno parecía suficientemente valiente para reconocerlo. Ironía notable para dos personas que habían peleado durante una hora intentando matarse. • • • Aveline se levantó. Darian también. —Buenas noches —dijo él. —Buenas noches. Ella dio dos pasos. Se detuvo. Giró. Darian levantó una ceja. Aveline caminó de vuelta. —¿Qué? —Nada. —Esa palabra— Ella lo besó. • • • Fue rápido. Directamente en los labios. Un segundo. Quizá menos.
Después Aveline retrocedió. Darian quedó completamente inmóvil. Ella estaba roja. Pero sonriendo. —El primer punto es para mí, Darian. Él parpadeó. —¿Qué? —Uno a cero. —¿Esto es una competencia? Aveline empezó a caminar hacia la puerta. —Ahora sí. —¡AVELINE! Ella rio y salió. • • • Darian permaneció solo. Tocó sus labios. Después miró hacia la puerta. —Problemas. Desde el corredor se escuchó la voz de Varkhaz. —Muchos. Darian abrió la puerta. —¡¿ESTABAS ESCUCHANDO?! —Soy un dragón. Escucho lejos.
—Eso no responde. —Entonces sí. • • • Darian cerró la puerta. El cuaderno seguía sobre la mesa. Los nombres permanecían allí. Personas que no regresarían. Personas que habían pagado por el futuro que él ahora tenía. Durante años Darian había sentido que disfrutar demasiado de ese futuro era una forma de traicionarlos. Esa noche, por primera vez, consideró otra posibilidad. Quizá desperdiciarlo sería peor. FIN DEL CAPÍTULO LVIII