El rey demonio y la heroina

LO QUE DEBE PERMANECER

Capítulo XLXX

LO QUE DEBE PERMANECER

El mausoleo estuvo listo antes de lo previsto. Darian sospechó que aquello se debía a una combinación de buena planificación, trabajadores excelentes y miedo a que el rey apareciera cada mañana a preguntar por el avance. El arquitecto afirmó que era únicamente la primera opción. Nadie le creyó. • • • La construcción era sobria. Piedra clara. Dos cámaras laterales. Un espacio central. Bancos simples en el exterior. Árboles conservados alrededor. Un sendero de piedra que terminaba allí y no continuaba hacia ningún otro lugar. Sin estatuas. Sin estandartes. Sin oro. Darian caminó alrededor una vez. Aveline dos. —¿Qué? —preguntó él.

—Estoy buscando algo que hayas dejado demasiado grande. —No hay nada. —Sorprendente. • • • La placa legal se encontraba junto al acceso. PROPIEDAD PRIVADA — FAMILIA REAL VHALYR ACCESO ÚNICAMENTE CON AUTORIZACIÓN Debajo: LUGAR DE DESCANSO FAMILIAR. SE RUEGA RESPETAR EL SILENCIO Y LA MEMORIA DE QUIENES AQUÍ REPOSAN. Aveline pasó los dedos por las letras. —Bien. Darian: —Dravenn dijo que alguien intentará convertirlo en lugar turístico. —¿Qué respondiste? —Que no. —Muy elaborado. —Funcionó. • • • El traslado se realizó sin ceremonia pública. Solo estuvieron presentes Darian, Aveline, Lio, Arvek, Dravenn, Orven, dos juristas, cuatro trabajadores funerarios y algunos guardias. Varkhaz permaneció lejos, en tamaño completo, vigilando el cielo. Vaelthra no apareció.

Aveline sospechó que sí observaba desde alguna montaña. • • • Varos y Lyra fueron colocados en una cámara. Edran y Lyssa en la otra. Los nombres quedaron grabados sin títulos. Darian observó los de sus padres. Aveline los de los suyos. Lio se quedó entre ambos. No preguntó demasiado. Simplemente tomó una mano de Darian y otra de Aveline. • • • Cuando las cámaras fueron selladas, Darian sintió algo que no esperaba. No cierre. No alivio. Simplemente certeza. Sabía dónde estaban. Por primera vez desde los ocho años, podía señalar un lugar y decir: mis padres descansan ahí. Eso era suficiente. • • • Aveline se sentó después en uno de los bancos exteriores. Darian a su lado. —No los hace menos muertos —dijo ella.

—Pero ayuda. —Sí. Pausa. Aveline apoyó la cabeza sobre su hombro. —Gracias. Darian negó. —Mitad y mitad. Ella sonrió. —Idiota. • • • Dos semanas después, la capital se preparó para otra memoria. Esta vez pública. La estatua de Azrhael estaba terminada. Vaelor Theryn había discutido cada detalle. Darian había intervenido lo mínimo posible. Eso había sido intencional. Azrhael no debía convertirse en una estatua de Darian sobre Azrhael. • • • La plaza estaba llena cuando retiraron la tela. Hubo silencio. Azrhael aparecía solo. Espada envainada. Corona sencilla.

Una mano extendida. Y sobre ella... un pan. Darian miró a Vaelor. El anciano conde tenía lágrimas en los ojos. —Así era —dijo. • • • Aveline observó la mano vacía frente al pan. —No esculpieron a quien lo recibe. Vaelor negó. —Lo pedí. —¿Por qué? El conde sonrió. —Porque si ponemos a un demonio, parecerá que solo alimentaba demonios. —Si ponemos a un humano, convertirán la estatua en propaganda sobre paz. Pausa. —Prefiero que cualquiera que se pare frente a él pueda imaginar que el pan es para esa persona. Aveline miró nuevamente. —Eso es bueno. —Él también lo habría odiado. Darian:

• • • Detrás de la estatua se encontraba el muro. No era un monumento de victoria. Era un registro. Nombres verificados de nobles, ciudadanos, soldados, médicos, campesinos, comerciantes y funcionarios que habían ayudado a personas de otra especie durante la guerra. Sin jerarquía por título. Sin una sección superior para nobles. La inscripción principal decía: EN HONOR A TODOS LOS DEMONIOS Y HUMANOS CAÍDOS DURANTE LA GUERRA. QUE SU SACRIFICIO NO SEA EN VANO. Y junto a los nombres de quienes ayudaron: DIRIGIDO A AQUELLOS QUE AYUDARON A OTROS SIN MIRAR SU ESPECIE NI RAZA. • • • Un noble protestó antes de la inauguración. —Mi familia aparece junto a un granjero. Darian lo miró. —Sí. —Mi abuelo fue conde. —El granjero escondió a seis niños humanos durante un saqueo. Pausa. —¿Tu abuelo hizo más?

El noble cerró la boca. —Entonces ahí está bien. • • • Darian habló frente a la plaza. No demasiado. —Azrhael fue un rey. Pausa. —También fue un hombre imperfecto. Algunos nobles se tensaron. —No lo honramos fingiendo que nunca se equivocó. —Lo honramos recordando aquello que hizo cuando pudo elegir ser peor. Miró la estatua. —Antes de ser rey, compartió medio pan con un niño hambriento. Vaelor bajó la mirada. —Décadas después gobernó un reino entero. Pausa. —Creo que ambas cosas importan. • • • Darian miró el muro. —Durante la guerra hubo personas que ayudaron a otros sin preguntar primero qué especie tenían. —Algunas tienen títulos. —Otras no. —No voy a ordenar cómo deben recordarlas.

Pausa. —Solo quiero que sus nombres permanezcan. • • • Aveline escuchó entre la multitud. Lio estaba junto a ella. —¿Algún día pondrán una estatua de papá? —preguntó. Aveline miró a Darian. —Probablemente. Lio pensó. —¿Con comida? Aveline sonrió. —Si él puede impedirlo, no. • • • Después de la ceremonia, Darian encontró a Vaelor frente a la estatua. —Te prometí una estatua —dijo Darian. El conde asintió. —Cumpliste. —¿Satisfecho? Vaelor miró el pan. —No. Darian levantó una ceja. —¿Qué falta? —Que dentro de cien años alguien siga preguntando por qué sostiene pan y no una espada.

Pausa. —Si todavía preguntan, habrá funcionado. Darian sonrió. —Entonces tendremos que esperar. • • • Esa noche Aveline y Darian regresaron al mausoleo. No había nadie más. Se sentaron afuera. Aveline miró los árboles. —¿Qué quieres que permanezca de ti? Darian pensó. —No sé. —¿Nada? —Las instituciones, si funcionan. —Lio. Pausa. —Que la gente que sobrevivió gracias a algo que hicimos siga viva. Aveline sonrió. —Eso no es una estatua. —Excelente. • • • Ella levantó la mano. El anillo de plata reflejó poca luz.

Darian la miró. —Eso no tiene que permanecer para nadie más. Aveline apoyó la cabeza en su hombro. —Buena respuesta. En el interior descansaban cuatro personas que nunca habían conocido los títulos que sus hijos cargarían. En la capital, un rey muerto extendía pan hacia desconocidos. Y entre ambas cosas, Darian empezaba a comprender que recordar no significaba convertir el pasado en una jaula. Significaba decidir qué valía la pena conservar. FIN DEL CAPÍTULO LX