El rey demonio y la heroina

LA PRINCESA DE LOS NÚMEROS

Capítulo XLXXIV

LA PRINCESA DE LOS NÚMEROS

Elyra despertó al día siguiente con una certeza incómoda. Necesitaba trabajar. No porque realmente necesitara dinero. La princesa de Arthel tenía suficiente riqueza esperándola al otro lado de la frontera como para vivir cómodamente durante el resto de su vida. Pero Lysa Arden no. Lysa era una refugiada. Había llegado prácticamente con una bolsa. Tenía alojamiento temporal. Comidas básicas durante unos días. Y la promesa de que el reino la ayudaría a encontrar empleo. Si quería comprender cómo vivía realmente una persona corriente allí... no podía seguir observando desde una plaza. Tenía que trabajar. • • • La primera dificultad apareció antes de conseguir empleo. Tenía hambre. Frente al alojamiento había un pequeño puesto donde un demonio vendía pan caliente, fruta y unas piezas de masa rellenas de carne y verduras. Elyra señaló una. —Una, por favor.

—Dos cobres. Metió la mano en la pequeña bolsa que llevaba escondida. Sacó una moneda. La colocó sobre el mostrador. El vendedor la tomó. La giró. Su expresión cambió. —Esto es de Arthel. Elyra sintió inmediatamente que algo estaba mal. —Sí. El hombre volvió a mirar la moneda. Después levantó una mano. —¡Guardia! Elyra se quedó completamente inmóvil. • • • Un soldado demonio que patrullaba la calle giró hacia ellos. Comenzó a acercarse. Elyra sintió cómo el estómago se le cerraba. Había cometido un error estúpido. Quizá la moneda humana estaba prohibida. Tal vez existían restricciones sobre divisas extranjeras. Si el guardia empezaba a hacer demasiadas preguntas... su documentación soportaría un control ordinario.

No sabía cuánto resistiría una investigación seria. El soldado llegó. —¿Qué ocurre? El vendedor levantó la moneda. —Tiene dinero de Arthel. Elyra contuvo la respiración. El hombre continuó: —Así que supongo que es refugiada y todavía no sabe cómo funciona esto. Silencio. Elyra parpadeó. El guardia la miró. —¿Llegó recientemente? —Sí. —¿Cuándo? —Hace pocos días. —Ah. Eso fue todo. • • • El soldado tomó la moneda. La observó. Después se la devolvió. —Señorita, la moneda de Arthel no tiene valor comercial directo aquí. Elyra frunció el ceño.

—¿No puedo usarla? —Los comerciantes no están obligados a aceptarla. El vendedor señaló la moneda. —Yo podría aceptarla, pero después tendría que encontrar quién me la cambie y no sé cuánto me darán. El guardia asintió. —Exactamente. Elyra guardó lentamente la moneda. —Pensé que... Se detuvo. El vendedor levantó una ceja. —¿Que te arrestarían? Elyra no respondió. La expresión de ambos fue suficiente. —Por pagar con una moneda humana —dijo el vendedor—. —Eso sería malo para el comercio. • • • El guardia señaló hacia otra calle. —Hay una casa de cambio a dos calles. —Aceptan moneda de Arthel. —También monedas enanas y algunas divisas utilizadas por los comerciantes lagartos. Elyra: —¿Me darán su valor completo?

—No. La respuesta fue inmediata. Aquello la sorprendió más que una mentira amable. —¿Por qué? —Coste de conversión. —Riesgo. —Variación de valor. —Y actualmente entra más moneda de Arthel de la que sale. Pausa. —Perderá algo. —¿Y cómo sé que no intentarán aprovecharse de mí? El guardia señaló una tabla pública junto a un edificio. —Las tasas de referencia se publican cada mañana. —Los negocios pueden ofrecer menos porque necesitan ganar algo. —Pero hay límites. La miró. —No le darán el valor completo... Pausa. —pero tampoco deberían estafarla. • • • El vendedor levantó el alimento que Elyra había querido comprar. —Te lo guardo. Ella lo miró.

—¿Y si no vuelvo? —Me lo como. Pausa. —No veo tragedia en ninguna de las dos posibilidades. • • • La casa de cambio era pequeña. Elyra entregó cinco monedas. El empleado las pesó. Revisó su acuñación. Señaló una tabla. —Esta es la tasa de hoy. Elyra calculó mentalmente. —Eso es aproximadamente un doce por ciento menos que su valor metálico. El hombre levantó lentamente los ojos. —Sabes contar. —Sí. —El metal no es el único factor. —Tenemos que encontrar comerciantes que quieran moneda de Arthel o devolverla al otro lado de la frontera. Pausa. —Hay coste. Elyra asintió. —Entiendo.

El empleado la observó durante un momento. —¿Refugiada? —Sí. —Busca trabajo en comercio. Elyra levantó una ceja. —¿Por qué? —Porque haces el cálculo demasiado rápido para desperdiciarlo cargando cajas. • • • Cuando regresó al puesto, pagó dos cobres. El vendedor le entregó la comida. Elyra dio un bocado. Se detuvo. —Está bueno. —Llevo veintidós años haciéndolo. Pausa. —Sería preocupante si todavía fuera malo. • • • Aquella misma tarde se presentó en el registro de empleo. La funcionaria revisó sus habilidades. —Lectura. —Sí. —Escritura. —Sí.

—Contabilidad. —Sí. —Idiomas. —Tres con fluidez. Pausa. —Un cuarto suficientemente bien para conversaciones simples. La mujer levantó la cabeza. —Eso es bastante. Revisó una lista. —Hay puestos en comercio exterior. —Administración municipal. —Almacenes. —Y la estación ferroviaria principal de la capital busca personal temporal. Elyra se interesó inmediatamente. —¿Qué clase de trabajo? —Manifiestos civiles. —Horarios. —Inventarios. —Documentación de importación y exportación. —Nada militar. La última aclaración pareció automática. —¿Por qué lo especifica? —Porque la estación también maneja carga gubernamental y militar en

un sector independiente. Pausa. —Los empleados civiles no tienen acceso. Elyra asintió. —La estación. • • • La estación ferroviaria de la capital era casi una ciudad dentro de la ciudad. Decenas de andenes. Almacenes. Oficinas. Talleres. Restaurantes. Salas de espera. Viajeros. Mercancías. Mensajeros. Ruidos. Silbatos. Vapor. Trabajadores corriendo de un lugar a otro. Lysa Arden recibió un escritorio. Un gafete temporal. Y un supervisor que parecía considerar el descanso una enfermedad

moral. —¿Sabes sumar? —Sí. —Eso dicen todos. Le entregó un manifiesto. —Haz esto. • • • Elyra terminó en pocos minutos. El hombre lo revisó. Después volvió a revisarlo. —¿Dónde aprendiste? —En Arthel. —Eso explica el idioma. —No los números. Elyra sonrió. —Tuve buenos maestros. El supervisor dejó otro montón. —Entonces tus buenos maestros pueden ayudarte con estos. • • • La primera semana fue extrañamente agradable. No porque el trabajo fuera emocionante. No lo era. Elyra había participado en discusiones sobre presupuestos de provincias completas.

Había estudiado tratados. Había leído informes sobre ejércitos. Ahora discutía sobre si veinte cajas de herramientas debían registrarse como importación o mercancía en tránsito. Y, para su desgracia... se equivocó. Una vez. Su supervisor dejó el documento sobre su escritorio. —Aquí. —¿Qué? —Error. Elyra lo revisó. —El peso coincide. —No es el peso. Señaló una casilla. —Mercancía extranjera destinada a otro distrito. —Pusiste tránsito nacional. Silencio. Elyra miró la casilla. —Ah. El hombre sonrió. —La princesa de los números también se equivoca. Elyra casi dejó caer la pluma. —¿Qué me llamó?

—Princesa de los números. —No soy princesa. —Es un apodo. Pausa. —Relájate. Ella intentó mantener una expresión completamente normal. —No me gusta. —Entonces seguramente sobrevivirá mucho tiempo. • • • Había algo, sin embargo, que llamaba su atención todos los días. El extremo oriental de la estación. A diferencia de los andenes civiles... aquella zona estaba cerrada. Vallas metálicas. Portones. Guardias armados. Señalización clara. ACCESO RESTRINGIDO. Los trabajadores que entraban llevaban gafetes diferentes. Credenciales. Algunos incluso presentaban documentación adicional. Nadie atravesaba el acceso simplemente porque alguien lo conociera. • • •

Mostró la credencial. El guardia la comparó con una lista. —Adelante. Otro trabajador intentó seguirlo. El soldado levantó una mano. —Credencial. —Voy con él. —Credencial. —Solo tengo que ayudar a descargar. —Entonces necesita autorización para la zona. El trabajador suspiró. —Serán cinco minutos. El guardia: —Sin autorización serán cero. El hombre se marchó. • • • Elyra levantó una ceja. Una compañera la vio. —No pierdas tiempo mirando. —¿Qué es? —Zona de carga militar. Elyra volvió hacia ella. —¿Qué cargan?

La mujer se encogió de hombros. —Cosas militares. —Eso no es muy específico. —Es deliberado. Continuó escribiendo. —Nosotros trabajamos con mercancía civil. —Ellos con material destinado al gobierno, bases, fortalezas y estaciones militares. —¿Los civiles no entran? —Civiles autorizados, sí. —Inspectores. —Mecánicos. —Administradores gubernamentales. —Personal ferroviario con acreditación. Pausa. —Tú y yo no. • • • Elyra observó los gafetes. —¿Aunque llevemos años trabajando aquí? —Sin autorización, sí. —¿El jefe de estación puede dejar entrar a alguien? Su compañera soltó una pequeña risa. —Puede intentarlo. —Después tendrá que explicárselo a Seguridad Militar.

—¿Eso es malo? —Si te gusta conservar tu empleo, sí. • • • Aquello le pareció interesante. El reino que había permitido que una refugiada cruzara relativamente fácilmente su frontera... no tenía ninguna intención de permitirle acercarse a información militar. Apertura civil. Seguridad militar. Dos cosas diferentes. • • • Una hora después el portón volvió a abrirse. Salió un hombre. Humano. Elyra lo observó. Llevaba ropa de trabajo. Un gafete especial colgado del pecho. Se detuvo frente a los dos guardias. —¿No se cansan de estar aquí? Uno respondió inmediatamente: —Claro. El otro: —Estar parado ocho horas con este calor es un infierno. El humano sonrió.

—Pensé que a los demonios les gustaba el calor. El guardia: —Y yo creía que los humanos eran graciosos. —Eso dolió. • • • El segundo soldado acomodó su arma. —Preferiría una patrulla. —¿En el frente? El demonio hizo una mueca. —¿Qué frente? Pausa. —No hay guerra. —Entonces agradece estar aburrido. —Agradezco la paz. —Odio este portón. —Dos cosas pueden ser ciertas. • • • El humano rio. —Voy al comedor. —¿Quieren algo? El primer guardia: —Algo frío. —¿Cerveza?

Pausa. —Mi jefe me matará antes de que termine el turno. —Cobarde. —Tú conoces al sargento. El humano pensó. —Retiro lo dicho. —Agua con fruta. —Dos. —Bien. • • • El comedor civil estaba lleno cuando Elyra llegó al descanso. El hombre de la zona restringida estaba sentado solo. Había pocas mesas libres. Él señaló una silla. —Puedes sentarte. —Gracias. Elyra tomó asiento. Durante algunos minutos comieron en silencio. Finalmente el hombre miró su gafete. —Temporal. —Sí. —Nueva. —También.

—Arthel. Elyra se tensó ligeramente. El hombre señaló su propio rostro. —Humano. Pausa. —Reconozco el acento. Ella relajó los hombros. —Lysa. —Corin Hale. Se estrecharon la mano. • • • Elyra miró hacia el sector militar. —Trabajas ahí. Corin siguió su mirada. —Sí. —¿Qué hacen? Él levantó una ceja. —Eres curiosa. —Eso me dicen. —Carga logística. —¿Qué significa? —Que movemos cosas. Elyra hizo una mueca.

—Eso significa casi nada. Corin sonrió. —Precisamente. • • • Después suavizó la respuesta. —Podemos hablar en términos generales. —Material destinado a estaciones militares. —Almacenes. —Fortalezas. —Bases. —Puestos de abastecimiento. —Nada demasiado misterioso. —¿Armas? —Puede haber material militar. Pausa. —Pero no voy a decirte qué hay hoy detrás de ese portón. Elyra sonrió. —No esperaba que lo hicieras. Mentía ligeramente. • • • Corin continuó: —Durante la guerra era más pesado. —Todo parecía urgente.

—Soldados. —Equipo. —Material médico. —Raciones. —Piezas. Pausa. —Ahora suele ser más aburrido. —¿Qué significa aburrido? —Uniformes. —Repuestos. —Comida. —Herramientas. —Documentación. —Material de mantenimiento. Sonrió. —Una fortaleza sigue necesitando jabón aunque nadie esté disparando. • • • Elyra pensó en los informes militares de Arthel. Tanques. Cañones. Número de soldados. Calibre estimado. Blindaje.

Casi nadie hablaba de jabón. Pero sin comida... sin piezas... sin combustible... sin ropa... ningún tanque llegaría muy lejos. • • • Ella miró a Corin. —¿Te permiten trabajar ahí aunque seas humano? Corin dejó la cuchara. No parecía ofendido. —Sí. —Pensé que zonas militares importantes quizá estarían reservadas para demonios. —Al principio algunos pensaban así. Pausa. —Fue difícil. —¿Por qué? —Llegué durante la guerra. —Refugiado. —Humano. Señaló hacia el oeste. —El reino estaba peleando contra Arthel. —No habría sido muy inteligente ponerme al lado de información

sensible el primer día. Elyra no pudo discutir. • • • —Entonces ¿cómo entraste? —Dependencia logística. —Empecé archivando inventarios. —Después capacitación. —Evaluaciones. —Control. —Me dieron una autorización pequeña. —Después otra. Pausa. —Años. —¿Desconfiaban más de ti por ser humano? Corin pensó. —Al principio sí. —No voy a fingir que no había prejuicios. —Había. —Todavía existen algunos. Pausa. —Pero con el tiempo mi trabajo habló por mí. • • • Elyra observó su gafete.

Corin soltó aire. —Pensamos que nos despedirían. —¿A los humanos? —A muchos trabajadores de guerra en general. —Había puestos creados porque todo el reino necesitaba mover tropas y suministros. —Pensamos que al llegar la paz nos dirían gracias y adiós. —¿Y qué pasó? —Algunos temporales sí terminaron. —Pero los que ya éramos de confianza... —los que teníamos experiencia... —autorizaciones... —buenas evaluaciones... Se encogió de hombros. —Seguíamos siendo útiles. • • • —¿Qué hicieron con ustedes? —Nos repartieron. —Bases. —Fortalezas. —Estaciones. —Almacenes. —Administración. —Algunos pasaron completamente a logística civil.

Pausa. —A mí me tocó aquí. Elyra: —¿Y te quedaste? —Sí. —¿Por qué? Corin sonrió. —Conocí a mi esposa. —¿Humana? —Demonio. Elyra quedó quieta. Corin rio. —Esa cara. —No hice ninguna cara. —Todos los recién llegados de Arthel hacen esa cara. —Lo siento. —Mi suegra hizo una peor. • • • Elyra empezó a reír. —¿Tienen hijos? —Una niña. —Seis años. —Discute como su madre.

—Entonces tiene futuro político. —Por los dioses, espero que no. • • • Cuando terminaron, Corin recogió tres bebidas. —Dos para los guardias. —¿Son amigos? —Sí. —¿Y aun así revisan tu credencial? —Siempre. —¿Incluso si acabas de salir? —Siempre. Elyra levantó una ceja. Corin señaló el gafete. —Ser amigo de alguien no elimina el procedimiento. Pausa. —Así es como terminas teniendo procedimientos que sirven para algo. • • • Regresó. Los guardias tomaron las bebidas. —Gracias. Corin mostró su credencial. Uno la revisó. A pesar de conocerlo.

El portón se abrió. Corin entró. • • • Elyra se quedó observando. Quizá Arthel había estado contando la cosa equivocada. Un tanque era peligroso. Pero un reino capaz de fabricarlo... moverlo... alimentarlo... repararlo... abastecerlo... y hacerlo mientras una trabajadora civil situada a pocos metros no sabía siquiera qué viajaba detrás de un portón... era algo completamente diferente. • • • Días después, Darian apareció en la estación. No por Elyra. Eso resultó evidente inmediatamente. Venía acompañado por funcionarios ferroviarios. Un ingeniero. Aveline. Y varios documentos. —¿Cuántos retrasos tuvimos esta semana? —preguntó Darian. El administrador hizo una mueca.

—Depende de cómo defina retraso. Darian se detuvo. —Ya empezamos mal. Aveline sonrió. • • • —Once superiores a quince minutos. —Causa. —Tres averías. —Cuatro prioridad de carga. —Dos señalización. Pausa. —Dos cabras. Silencio. Darian: —¿Cabras? —Rebaño sobre la vía. Darian miró a Aveline. —¿Podemos legislar contra las cabras? —No. —Era una pregunta seria. —Eso es peor. • • • Pasaron junto al escritorio de Elyra.

—Lysa. Ella levantó la cabeza. —Majestad. Miró su gafete. —Encontraste trabajo. —Sí. Darian miró al supervisor. —¿Cómo trabaja? El hombre respondió: —Demasiado bien con números. Pausa. —Regular clasificando mercancías. Elyra: —Fue una vez. El supervisor sonrió. —La llamamos princesa de los números. Silencio. Elyra quiso desaparecer. Aveline soltó una carcajada. Darian levantó una ceja. —¿Princesa? —Un apodo —explicó el supervisor—. Tiene cierta tendencia a mirar a los demás como si fuera a aumentarles los impuestos cuando encuentran un error.

Elyra cerró los ojos. —Quiero renunciar ahora mismo. —Todavía no —respondió el supervisor—. Faltan tres horas de turno. • • • Darian sonrió y empezó a seguir a los funcionarios. Elyra vio su oportunidad. —Majestad. Él se detuvo. —¿Sí? —Quiero preguntarle algo. —Mientras no sea sobre las cabras. —No. Pausa. —¿Cómo consiguió que sus nobles aceptaran todas estas reformas? Darian quedó quieto. Aveline se volvió lentamente hacia él. Y sonrió. Darian la señaló. —No. —No he dicho nada. —Pero vas a disfrutarlo. —Muchísimo. • • •

—Ferrocarriles. —Escuelas. —Hospitales. —Protección de refugiados. —Cambios fiscales. —Comercio con humanos. —Regulación laboral. —Muchas de esas cosas tuvieron que afectar intereses de casas nobles. Darian: —Sí. —¿Entonces cómo consiguió que cooperaran? Darian respondió: —Los amenacé. Silencio. Elyra parpadeó. —¿Con qué? —Con quitarles los títulos. Más silencio. —¿Podía hacerlo? Darian pensó. —En aquel momento no sabía exactamente si podía. Aveline empezó a reír. • • •

Elyra lo miró incrédula. —¿Amenazó a la nobleza con retirarles los títulos sin saber si legalmente tenía autoridad? —Sí. —¿Y funcionó? —Lo suficiente. —Eso es... Buscó una palabra diplomática. No la encontró. —arriesgado. Darian: —Después pregunté a los juristas. —¿Después? —Sí. —Dravenn casi me mata. Aveline: —También es verdad. Darian continuó: —Resultó que la Corona sí tenía mecanismos para retirar ciertos títulos por delitos, abandono grave de deberes y algunas otras circunstancias. Elyra: —Tuvo suerte. —Intuición jurídica. Aveline:

—Suerte. • • • Elyra intentó imaginar la reunión. —¿Y los nobles simplemente aceptaron? —No. —Gritaron. —Protestaron. —Algunos dijeron que destruiría el reino. —Otros que las reformas violaban siglos de tradición. —Algunos insistían en que los refugiados humanos destruirían la economía. Pausa. —Hubo de todo. —¿Qué les respondió? Darian: —Que algunos eran nobles idiotas e incompetentes. El supervisor dejó de escribir. Elyra abrió los ojos. —¿Directamente? —Sí. —¿A la cara? —Sí. —¿A sus propios nobles? Darian frunció el ceño.

—Eran nobles. —Eran idiotas. —Y eran incompetentes. Pausa. —No veo el problema descriptivo. • • • Elyra no pudo evitarlo. Recordó Arthel. Aquel día en que Darian había llegado para rescatar a Aveline. Los testimonios habían recorrido toda la Corte. Un rey demoníaco entrando en la capital humana cuando la Heroína estaba a punto de pagar por errores ajenos. No había utilizado discursos elaborados. Había puesto una elección brutalmente clara sobre la mesa. Una mesa. O el campo de batalla. Elyra lo observó. —Hizo lo mismo cuando fue a Arthel por Aveline. La sonrisa de Aveline disminuyó ligeramente. Darian levantó una ceja. —¿Lo mismo? —No le importó demasiado agradarles a los nobles. Darian: —Eso sí es correcto.

—Prácticamente les dijo que podían hablar... Pausa. —o volver a la guerra. Aveline: —No es una descripción demasiado injusta. Darian la miró. —Tú tampoco ayudas. —No es mi trabajo. • • • Elyra preguntó: —¿Nunca le preocupa insultar a alguien poderoso? —Claro. Aquello la sorprendió. Darian continuó: —Insultar por gusto es una estupidez. —Alguien puede estar equivocado sin ser idiota. —Un noble puede oponerse a mí y seguir teniendo buenos argumentos. Pausa. —Pero hablar demasiado educadamente también permite que una persona finja no comprender lo que se le está diciendo. Su expresión se hizo más seria. —Si un noble administra bien, lo escucho. —Si conoce un tema mejor que yo, le dejo trabajar. —Si protege a su gente, tiene mi respeto.

Pausa. —Pero si toma una decisión estúpida que pone en riesgo cientos de vidas... —no voy a llamarla “una interpretación alternativa de la administración territorial” porque su bisabuelo tuvo un castillo. El supervisor soltó una risa. —Esa debería estar escrita en la entrada del Parlamento. Darian: —No le dé ideas a Dravenn. • • • Elyra pensó. —Entonces no consiguió que cooperaran solamente mediante amenazas. Darian negó. —No. Pausa. —La amenaza consiguió que algunos se sentaran. —Los resultados consiguieron que muchos se quedaran. Aquella frase la silenció. Darian continuó: —Cuando el ferrocarril empezó a sacar las cosechas de sus territorios más rápido, dejaron de llamarlo desperdicio. —Cuando los hospitales redujeron muertes, algunos dejaron de llamar innecesaria a la medicina pública. —Cuando los refugiados empezaron a trabajar, producir y pagar impuestos...

Hizo una pequeña mueca. —varios descubrieron milagrosamente que los humanos no destruían automáticamente una economía. Aveline: —Qué generosos. —Nunca dije que todos fueran buenas personas. • • • Darian tomó nuevamente sus documentos. —Puedes obligar a alguien a obedecer una vez. Pausa. —No puedes administrar un reino entero amenazando a todo el mundo para siempre. —Las instituciones tienen que demostrar que sirven. Elyra sintió que aquellas palabras encajaban demasiado bien con todo lo que había visto. El puesto fronterizo. La casa de cambio. El alojamiento. La estación. El portón militar. Corin. —¿Y quienes todavía se oponen? —Pueden oponerse. Elyra levantó una ceja.

—Oposición no es traición. —Pueden criticar una ley. —Protestar. —Votar contra ella cuando corresponda. —Intentar cambiarla. Pausa. —Lo que no pueden hacer es robar dinero, sabotear servicios o perjudicar deliberadamente a civiles porque quieren demostrar que tenían razón. • • • El administrador ferroviario se acercó. —Majestad, su tren hacia Cargadrath estará preparado en veinte minutos. Darian: —Voy. Elyra levantó discretamente la mirada. Cargadrath. Fortaleza fronteriza. No preguntó. Darian volvió hacia ella. —¿Respondí tu pregunta? Ella sonrió. —Mucho más de lo que esperaba. —Tengo esa mala costumbre. Aveline pasó junto a ella. —No le preguntes cómo convenció a sus generales de algunas cosas.

Darian, ya alejándose: —¡TE ESCUCHÉ! —¡ERA LA INTENCIÓN! • • • Elyra pasó el resto del turno pensando. La amenaza consiguió que algunos se sentaran. Los resultados consiguieron que muchos se quedaran. Recordó a los nobles de Arthel. A su padre. A Lucien. A ella misma. Durante demasiado tiempo habían pensado que gobernar significaba conservar obediencia. Quizá también debían aprender a demostrar... que valía la pena obedecer ciertas leyes. • • • Aquella noche regresó a la habitación treinta y uno. Sacó el pequeño sello real que todavía guardaba oculto. Lo sostuvo durante mucho tiempo. Había visto suficiente. No todo. Jamás podría comprender un país entero en unos días. Pero sí suficiente para saber que ningún informe de inteligencia le habría enseñado aquello.

Lucien tenía que escucharlo. Su madre también. Elyra hizo una mueca. Sobre todo su madre. Probablemente ya estuviera pensando en ejecutarla personalmente. Era hora de volver. • • • A la mañana siguiente llegó temprano a la estación. Su supervisor tenía una taza de café y cuatro documentos abiertos. —Llegas antes. —Necesito hablar con usted. El hombre levantó lentamente los ojos. —Esa frase nunca trae nada bueno. Elyra respiró. —Voy a renunciar. Silencio. —Ah. El supervisor dejó la pluma. —¿Problemas aquí? —No. —¿Alguien te trató mal? —No. —¿Salario?

—Correcto. —Entonces... Elyra bajó ligeramente la mirada. —Necesito regresar a Arthel. Pausa. —Por mi hermano y mi madre. El hombre la estudió. —¿Están enfermos? —No. —Que yo sepa. Aquello era completamente cierto. —Solo necesito volver. —Me fui sin resolver algunas cosas. El supervisor asintió. —Problemas familiares. —Algo así. • • • El hombre se reclinó. —Está bien. Elyra levantó la mirada. —¿Eso es todo? —¿Qué esperabas? —No sé.

—Que intentara impedirlo. El supervisor frunció el ceño. —No tengo derecho a retenerte. Pausa. —Puedo decirte que me fastidia. —Ya estabas aprendiendo. —Ahora tendré que capacitar a otra persona. Señaló su escritorio. —Y probablemente no sumará tan rápido. Pausa. —Pero tu familia es tu familia. —Ve. • • • Elyra tomó el gafete. LYSA ARDEN — PERSONAL TEMPORAL CIVIL. Lo dejó sobre el escritorio. —Supongo que esto se queda. —Definitivamente. El supervisor tomó el gafete. Después abrió un cajón. Sacó un talonario. Escribió algo. Selló el papel.

Se lo entregó. Elyra leyó. CAPITAL — PUESTO FRONTERIZO OCCIDENTAL. Viaje único. —No necesito esto. —Probablemente no. —Entonces— —Es un obsequio. Pausa. —Hay una cantidad limitada de vales de asistencia para empleados. —Emergencias familiares. —Traslados. —Situaciones especiales. —Voy a considerar esto una de ellas. Elyra miró el vale. —Pero estoy renunciando. —Cuando entraste por esa puerta todavía eras mi empleada. Ella levantó una ceja. —Interpretación conveniente. —Trabajo en administración ferroviaria. —Vivimos de interpretaciones convenientes de formularios. • • • Elyra sonrió.

—Gracias. El hombre volvió hacia sus papeles. —El tren sale mañana a las siete. —No llegará tarde por ser la princesa de los números. Elyra casi rio. —¿Van a seguir llamándome así cuando ya no trabaje aquí? —Probablemente durante años. —Terrible. —Ve con cuidado. Ella comenzó a marcharse. —Lysa. Se detuvo. —¿Sí? El supervisor la observó. —Si arreglas las cosas con tu hermano y tu madre... Pausa. —bien. —Y si algún día regresas al reino... Señaló el escritorio que ella había utilizado. —puedes venir a pedir trabajo otra vez. Elyra levantó una ceja. —¿Después de renunciar con tan poco aviso? —Tendrás que solicitarlo.

—¿Entrevista? —Sí. —¿Evaluación? —También. —¿Sin privilegios? —Por supuesto. El hombre sonrió. —Pero ya sabemos que sabes trabajar. Pausa. —Eso ayuda, princesa de los números. • • • Elyra salió de la oficina antes de empezar a reír. Llevaba toda la vida siendo princesa. Había escuchado: Su Alteza. Princesa de Arthel. Hija de la Corona. Títulos solemnes. Ceremoniales. Importantes. Y, sin embargo... ninguno le había parecido tan divertido como aquel que había recibido detrás de un escritorio ferroviario porque hacía las cuentas demasiado rápido.

• • • Entregó la llave de la habitación treinta y uno. La funcionaria revisó la habitación. Todo estaba en orden. —¿Regresa a Arthel? —Sí. —Familia. Elyra asintió. La mujer sonrió. —Buen viaje. Eso fue todo. No la acusaron de ingratitud. No intentaron convencerla de quedarse. No le recordaron todo lo que el reino había hecho por ella. Una refugiada había pedido ayuda. La había recibido. Ahora quería irse. Era libre de hacerlo. • • • A la mañana siguiente tomó el tren. Su jefe había dicho siete. Elyra llegó a las seis y media. No iba a darle la satisfacción de que la princesa de los números perdiera un tren.

• • • Mientras la locomotora abandonaba la capital, Elyra observó por la ventana. La estatua de Azrhael quedó atrás. Después los mercados. Los barrios. Los almacenes. La estación. Más lejos... los campos. • • • Pensó en Corin. Humano. Refugiado. Trabajador de logística militar. Había tardado años en ganarse una credencial que le permitía cruzar un portón. Arthel estaba pidiendo algo mucho mayor. No acceso a un almacén. No confianza para mover cajas. Estaba pidiendo que, si otra nación atacaba... el Reino Demoníaco estuviera dispuesto a arriesgar soldados, recursos y quizá vidas por ellos. Y habían creído que una boda podía resolverlo.

Elyra miró el vale. Después recordó a Darian. La amenaza consiguió que algunos se sentaran. Los resultados consiguieron que muchos se quedaran. Quizá Arthel necesitaba aprender exactamente aquello. No pedir que confiaran en él. Dar razones para hacerlo. • • • Horas después, las fortificaciones fronterizas aparecieron. Elyra bajó del tren. Entregó el vale. El mismo reino que la había recibido sin saber quién era... ahora la dejaba marcharse sin pedirle nada a cambio. Cruzó hacia territorio humano. Uno de los guardias de Arthel examinó su documentación falsa. Elyra lo miró. Después miró las torres humanas. La bandera. Los uniformes. Su hogar. Por primera vez en muchos días... dejó de sentirse como Lysa Arden. • • •

Lo mostró al oficial de una guarnición. El hombre palideció. —Su... —Sí. —Pero usted... —Sí. —El rey... Elyra cerró los ojos. —Mi hermano está furioso. —Muchísimo, Alteza. —¿Mi madre? El oficial hizo una pausa. —Recomiendo prepararse. Elyra hizo una mueca. —Eso temía. • • • Cuando las puertas del palacio de Arthel aparecieron finalmente frente a ella... Elyra contempló el edificio donde había pasado casi toda su vida. Piedra. Torres. Banderas. Guardias. Nobles.

Consejeros. Tradición. Todo seguía allí. Pero ella ya no lo veía exactamente igual. Había salido buscando comprender por qué Darian Vhalyr había rechazado una propuesta matrimonial. Regresaba sabiendo que aquella había sido probablemente la pregunta menos importante de todas. Porque Arthel no necesitaba una princesa casada con el Rey Demonio. Necesitaba instituciones capaces de recuperar la confianza que había perdido. Necesitaba demostrar que un tratado firmado hoy seguiría valiendo mañana. Y quizá... solo quizá... necesitaba que algunos de sus propios nobles aprendieran que tener un título no impedía ser un idiota incompetente. Elyra sonrió al pensar en la reacción de Lucien cuando se lo dijera. Después cruzó las puertas. Había llegado el momento de volver a ser princesa. Pero Lysa Arden no iba a desaparecer completamente. La refugiada de la habitación treinta y uno... la auxiliar ferroviaria... la princesa de los números... había visto demasiado.

Y Elyra pensaba asegurarse de que Arthel aprendiera de ello. FIN DEL CAPÍTULO LXIV