Capítulo XLXXV
EL PESO DE UN APELLIDO
SEIS DÍAS ANTES Seis días antes de que Elyra volviera a cruzar las puertas del palacio de Arthel... cuando para casi todos en el Reino Demoníaco ella todavía era simplemente Lysa Arden... otra conversación entre ambos reinos ya había comenzado. No en una estación. No en un mercado. Ni detrás de una identidad falsa. Sino mediante dos cartas. • • • La primera llegó al despacho de Darian poco después del amanecer. El sello de Arthel era inconfundible. Darian lo observó durante unos segundos antes de romperlo. Dravenn estaba sentado frente a él revisando informes comerciales. Arvek, junto a una ventana, estudiaba un documento sobre las nuevas guarniciones fronterizas. Aveline desayunaba. O, más exactamente, intentaba hacerlo mientras Darian convertía nuevamente la mesa en una extensión de su oficina. —Es de Lucien —dijo Darian.
Aveline levantó la mirada. —¿Sobre Elyra? —Supongo que también. Abrió la carta. Leyó. • • • A Su Majestad Darian Vhalyr, rey del Reino Demoníaco: He recibido su respuesta. Respeto su posición respecto a la propuesta matrimonial y agradezco la consideración con la que se ha referido a mi hermana. No considero que su negativa constituya un rechazo a la posibilidad de una relación más estrecha entre nuestros reinos. Por ello deseo continuar la discusión referente a nuestra primera propuesta. Arthel sigue interesado en sustituir el actual armisticio por un tratado permanente de paz y no agresión, así como discutir los límites de una futura cooperación entre ambos Estados. Considero que algunos de estos asuntos deberían ser tratados directamente entre nosotros antes de entregar la negociación a diplomáticos, juristas y consejeros. Si Su Majestad está de acuerdo, estoy dispuesto a reunirme personalmente. Lucien de Arthel. • • • Darian dejó la carta. Dravenn levantó una ceja.
—Sorprendentemente sensato. Arvek: —Es joven. —Eso no impide ser sensato. —Normalmente ayuda poco. Aveline miró a ambos. —Ustedes son terribles. —Somos realistas —respondió Arvek. Darian tomó una hoja limpia. —Voy a aceptar. Dravenn dejó inmediatamente sus documentos. —¿Dónde? —Cargadrath. Arvek lo miró. —Cerca de la frontera. —Precisamente. • • • Cargadrath era una de las antiguas fortalezas del Reino Demoníaco. Había existido mucho antes de Darian. Antes de Azrhael. Incluso algunas de sus murallas más antiguas pertenecían a periodos que ningún historiador podía fechar con absoluta seguridad. No estaba directamente sobre la frontera. Pero sí lo bastante cerca.
Desde Arthel, Lucien no tendría que internarse profundamente en territorio demoníaco. Desde la capital demoníaca, Darian tampoco tendría que movilizar una comitiva enorme. Una posición segura. Conocida. Defendible. Pero lo bastante apartada como para que una reunión no terminara convertida en espectáculo. Darian empezó a escribir. • • • A Su Majestad Lucien de Arthel: Estoy de acuerdo. Lo esperaré en la fortaleza de Cargadrath, próxima a nuestra frontera común. Considero que su ubicación permite que ambos podamos reunirnos sin que ninguno de nosotros tenga que internarse profundamente en el territorio del otro. Propongo que cada soberano asista acompañado únicamente por dos integrantes de su guardia personal dentro de la sala de negociación. No habrá consejeros, nobles ni delegaciones durante la primera conversación. Primero decidamos qué estamos dispuestos a construir. Si alcanzamos un entendimiento, nuestros juristas, diplomáticos y funcionarios podrán después discutir cómo convertirlo en un tratado aplicable. Darian Vhalyr.
• • • Dravenn lo leyó. —¿Sin consejeros? —Sí. —Entonces ¿para qué me paga? Darian levantó los ojos. —Para arreglar después todo lo que Lucien y yo hagamos mal. Dravenn quedó callado. Arvek soltó una risa. —Respuesta correcta. —Los odio a ambos. • • • Aveline tomó la carta. La leyó. —Dos guardias. —Por cada rey. —¿Y yo? Darian la observó. No hizo falta demasiado tiempo para responder. —Puedes acompañarme hasta Cargadrath. —Pero no entro. —No. Aveline asintió lentamente.
—Porque soy humana. —En parte. Darian dejó la pluma. —Porque naciste en Arthel. —Fuiste su Heroína. —Conoces a Lucien. —Conociste a su padre. —Durante años estuviste dentro de su estructura política. Pausa. —Y ahora vas a casarte conmigo. Aveline comprendió perfectamente. —Conflicto de intereses. —Sí. • • • Dravenn intervino: —Incluso si Aveline no dijera una sola palabra durante toda la reunión, cualquier cláusula podría utilizarse después contra ella. Aveline lo miró. —Si favorece a Arthel, dirán que presioné a Darian. —Exacto. Arvek continuó: —Si perjudica a Arthel, dirán que abandonaste tu antiguo reino. Aveline hizo una mueca. —Qué conveniente.
Darian: —Para los idiotas, siempre. Ella cruzó los brazos. —Entonces me quedaré fuera. Darian levantó una ceja. —¿Así de fácil? —Tienes razón. Pausa. —No te acostumbres. • • • Dos días después llegó la confirmación de Lucien. Aceptaba Cargadrath. Aceptaba los dos guardias. Aceptaba conversar sin consejeros. La reunión estaba fijada. • • • La mañana de la partida, Darian y Aveline llegaron a la estación ferroviaria principal de la capital con suficiente anticipación. El tren real hacia Cargadrath todavía estaba siendo preparado. Había tiempo. Y Darian tenía una incapacidad prácticamente patológica para estar dentro de una infraestructura pública sin preguntar cómo funcionaba. Por eso terminó revisando retrasos. Averías.
Patios de carga. Y cabras. También fue por eso que volvió a encontrarse con aquella refugiada de Arthel. Lysa Arden. • • • Para Darian fue una coincidencia agradable. La mujer perdida a la que había ayudado días atrás ya tenía empleo. Un escritorio. Un gafete. Trabajo administrativo. Y, según su supervisor, una preocupante facilidad para encontrar errores numéricos. —La llamamos princesa de los números —había dicho el hombre. Darian todavía recordaría durante días la expresión de Lysa. Y después había llegado aquella pregunta. —¿Cómo consiguió que los nobles cooperaran con sus reformas? No era una pregunta habitual para una refugiada. Darian lo había notado. Pero tampoco había encontrado motivos para sospechar nada más. Una persona educada podía interesarse por política. Especialmente alguien proveniente de un reino atravesado por años de inestabilidad. Así que respondió.
Las amenazas. Los títulos. Los nobles incompetentes. Los resultados. No todo. Pero suficiente. • • • Cuando el administrador ferroviario se acercó finalmente, hizo una inclinación. —Majestad, el tren a Cargadrath está preparado. Lysa levantó ligeramente la mirada. Darian recogió los documentos. —Bien. Aveline se despidió con una sonrisa. —Que sobrevivas a los manifiestos. Lysa hizo una mueca. —Lo intentaré. Darian añadió: —Y a los números. —Esos son la parte fácil. El supervisor, desde otro escritorio: —¡No cuando los clasifica! Lysa cerró los ojos. Aveline empezó a reír.
• • • Minutos después, Darian y Aveline subieron al tren. Ninguno de los dos sabía que acababan de despedirse de la hermana del hombre que los esperaba cerca de la frontera. • • • El viaje duró varias horas. Los campos fueron dejando paso gradualmente a terrenos más elevados. Después aparecieron bosques. Colinas. Y finalmente, sobre una formación rocosa, las murallas de Cargadrath. La fortaleza seguía conservando su estructura antigua. Piedra oscura. Torres gruesas. Murallas preparadas para soportar magia y artillería de otra época. Pero el presente había empezado a incrustarse sobre el pasado. Una pequeña estación ferroviaria. Líneas telegráficas antiguas sustituidas parcialmente por radio. Nuevos almacenes. Depósitos. Un taller de reparación. Iluminación interior mejorada. Nada espectacular. Nada secreto. Una fortaleza vieja aprendiendo a vivir en un mundo nuevo.
• • • Aveline descendió junto a Darian. Había soldados esperándolos. Arvek había insistido en enviar una escolta considerable para el viaje. Darian aceptó. Pero tal como había prometido, solo dos de aquellos soldados entrarían a la reunión. Los demás permanecerían fuera. Aveline caminó con Darian hasta uno de los patios interiores. Desde allí podía verse, a lo lejos, el camino por el que llegaría la comitiva humana. —Hasta aquí —dijo ella. Darian asintió. —Hasta aquí. Aveline miró la sala destinada a la negociación. —Una parte de mí quiere escuchar. —Después te contaré. —No es lo mismo. —No. Ella sonrió. —Pero es lo correcto. • • • Darian la observó. —¿Segura?
—Darian. Aveline tomó su mano. —Lucien fue mi príncipe. —Arthel fue mi reino. Pausa. —Tú eres el hombre con quien voy a casarme. —Si entro ahí, cualquier cosa que diga tendrá dos interpretaciones y probablemente tres mentiras alrededor. Darian sonrió apenas. —Eso es aproximadamente lo que pensé. —Negocia como rey. —No como mi prometido. —Pensaba hacerlo. —Bien. Aveline soltó su mano. —Y no declares una guerra accidental. —Eso ocurrió una sola vez. —No dije que hubiera ocurrido. Darian entrecerró los ojos. —Lo insinuaste. —Ve. • • • La comitiva de Arthel llegó menos de media hora después. Lucien también había cumplido.
Guardias. Funcionarios. Algunos asesores. Pero todos permanecieron fuera. Solo dos soldados humanos acompañaron al rey hasta la sala. Dentro ya esperaban Darian y dos integrantes de su guardia personal. Seis personas. Nada más. • • • La sala era deliberadamente sencilla. Una mesa. Dos sillas. Agua. Un mapa de la frontera. Documentos. Sin tronos. Sin banderas enormes. Sin una silla colocada un centímetro más alta que la otra para iniciar una guerra diplomática sobre mobiliario. Lucien entró. Darian se levantó. Ambos se observaron durante unos segundos. —Majestad —dijo Lucien. —Majestad.
Darian señaló la silla. —Esto ya empieza mejor que la primera vez que nos vimos. Lucien hizo una pequeña mueca. —La primera vez estaba prisionero. —Accidentalmente. —Continúa aferrándose mucho a esa palabra. —Porque mejora considerablemente la historia. Lucien tomó asiento. —No mejoraba demasiado mi situación en aquel momento. —Tampoco estaba planeando capturar a un príncipe. —¿Eso debería tranquilizarme? —Probablemente no. • • • Uno de los guardias humanos tuvo que contener una sonrisa. Después ambos soberanos se sentaron. La ligereza desapareció. Lucien sacó el primer documento. —Recibí su respuesta respecto a Elyra. —Espero no haberla ofendido. —No. Lucien negó. —La propuesta era política. —Su respuesta también fue clara.
Pausa. —Y creo que tiene razón en algo. Darian esperó. —Si un tratado necesita un matrimonio para mantenerse, probablemente nunca fue un tratado demasiado sólido. Darian asintió. —Entonces coincidimos. —En eso. Lucien colocó otro documento frente a él. —Ahora hablemos de aquello en lo que todavía no coincidimos. • • • Paz permanente. No agresión. Comercio. Cooperación. Y, al final... defensa. Darian leyó nuevamente el borrador. Después lo dejó. —Paz. Lucien: —Sí. —No agresión. —Sí.
—Reconocimiento fronterizo. —Sí. —Mecanismos para investigar incidentes antes de movilizar ejércitos. —Sí. Darian levantó la mirada. —Cooperación limitada. Lucien esperó. —Podemos hablar. Darian puso un dedo sobre la última sección. —Defensa mutua. Pausa. —No. • • • Lucien no pareció sorprendido. —Esperaba que fuera el punto más difícil. —No es difícil. Darian negó. —Simplemente no puedo aceptarlo. —¿Nunca? —No he dicho nunca. —He dicho ahora. • • • Lucien entrelazó las manos.
—Llevamos dos años sin conflictos. —Dos años durante los cuales ningún ejército humano ha cruzado nuestra frontera y ningún ejército demoníaco ha cruzado la suya. —Eso importa. Pausa. —Pero no borra lo ocurrido antes. Su voz perdió cualquier resto de humor. —Todavía tengo ciudadanos que ven a un humano y recuerdan quién mató a su padre. —A su madre. —A sus hijos. —A sus hermanos. Lucien bajó ligeramente la mirada. —Y sé que existen humanos en Arthel que sienten exactamente lo mismo cuando ven a un demonio. Darian apoyó ambas manos sobre la mesa. —No puedo ordenarles que olviden. —No puedo obligarlos a perdonar. Pausa. —Y mucho menos puedo anunciarles mañana que quizá deberán morir defendiendo al reino contra el que combatieron hace apenas dos años. • • • Lucien asintió. —Es justo. —Y está Dareth.
Esta vez la expresión de Lucien cambió. —Sí. Darian señaló el mapa. —Su reino ya firmó un tratado con el mío. —Con Azrhael. —Y Arthel lo rompió. Silencio. —Podemos discutir durante horas quién lo impulsó. —Nobles. —La Iglesia. —La Orden del Sol. —Oficiales. —Intereses políticos. —Todo eso importa cuando se determina responsabilidad interna. Darian señaló el sello real de Arthel. —Pero para nosotros lo firmó Arthel. • • • Lucien no intentó escapar de aquello. —Tiene razón. Darian levantó ligeramente una ceja. El rey humano continuó: —No puedo cambiarlo. —Tampoco puedo pedirle que finja que nunca ocurrió.
Pausa. —Solo puedo intentar que no vuelva a ocurrir. —Eso sí. Darian se reclinó. —Pero precisamente por eso no puedo entregarle una alianza militar después de dos años y una conversación. • • • Lucien miró los documentos. —Sabe por qué acudimos a usted. —Sí. Darian no fingió modestia. —Porque actualmente el Reino Demoníaco posee la mayor fuerza militar de esta región. Uno de los guardias humanos cambió ligeramente el peso de un pie al otro. Lucien no lo negó. —Es una parte importante. —Una parte enorme. —Sí. Darian sostuvo su mirada. —Y no me molesta que lo admita. Pausa. —Lo que me molestaría sería que ambos fingieran que no es así. • • •
—Arthel ha perdido aliados. —Ha perdido credibilidad. —Los enanos están desarrollando comercio con ustedes. —Los pueblos lagartos también. —Otros Estados observan su crecimiento. Pausa. —Si alguna potencia decide algún día que Arthel es suficientemente débil para aprovecharse de nosotros... —No quiere estar solo. —Exactamente. • • • Darian permaneció unos segundos en silencio. —Puedo ofrecer algo. Lucien levantó la mirada. —Si mañana Arthel sufre una catástrofe, podemos cooperar. —Alimentos. —Medicinas. —Refugiados. —Evacuaciones fronterizas. —Información sobre una amenaza que afecte también a nuestro territorio. Pausa. —Podemos coordinarnos contra bandas armadas, piratería, tráfico de personas y amenazas no estatales. —Podemos crear mecanismos para evitar que un incidente fronterizo se
Lucien asintió. —Pero no soldados. —No. —No por ahora. • • • Darian tomó otro documento. —También quiero que quede clara una cuestión tecnológica. Lucien hizo una pequeña mueca. —Lo esperaba. —Nuestra tecnología militar no será exportada a Arthel. —¿Nada? —Nada que yo considere estratégicamente peligroso. Pausa. —Tanques. —Diseños de armamento. —Armas de fuego experimentales. —Munición especializada. —Métodos de blindaje. —Sistemas militares de comunicación. —Información sobre producción o logística estratégica. —No. Lucien dejó escapar aire por la nariz. —Eso limitará bastante algunas propuestas de cooperación industrial.
—La cooperación civil es diferente. Darian señaló otra hoja. —Maquinaria agrícola. —Determinados equipos médicos. —Herramientas. —Sistemas ferroviarios civiles que no comprometan nuestra seguridad. —Métodos de construcción. —Podemos estudiarlos caso por caso. Pausa. —Pero no voy a entregar tecnología militar avanzada al mismo reino con el que estaba peleando hace dos años. Lucien: —No puedo decir que haría algo diferente en su posición. —Bien. • • • Lucien tomó una pluma. No firmó todavía. —Entonces... —Paz permanente. Darian asintió. —Sí. —No agresión. —Sí. —Cooperación civil limitada.
—Sí. —Sin alianza militar. —Correcto. —Y nada de transferencia tecnológica militar. —Correcto. Lucien observó el documento. —Es menos de lo que quería. —Eso suele ocurrir en negociaciones. —Pero más de lo que teníamos. Darian asintió. —Eso también. • • • Durante un tiempo trabajaron sobre los principios. No redactaron el tratado completo. Habrían necesitado varios días y suficientes juristas como para llenar otra fortaleza. Pero establecieron aquello que ninguno de sus funcionarios podría modificar después sin autorización. Cuando terminaron, el borrador provisional contenía los fundamentos de lo que pronto sería llamado: TRATADO DE CARGADRATH. Paz permanente entre Arthel y el Reino Demoníaco. Renuncia a la agresión militar entre ambos Estados. Reconocimiento de las fronteras existentes.
Cooperación civil, comercial y humanitaria limitada. Coordinación frente a determinadas amenazas no estatales. Restricción explícita sobre transferencia tecnológica militar y estratégica. Y finalmente: El presente tratado no constituye una alianza defensiva ni obliga a ninguna de las partes a intervenir militarmente en conflictos que involucren a la otra. • • • Lucien leyó esa última línea dos veces. —Mis nobles van a quejarse. Darian: —Los míos también. Lucien sonrió ligeramente. —Eso me recuerda algo que quería preguntarle. —¿Qué? El joven rey dejó la pluma. —¿Cómo consiguió controlar a su nobleza? Uno de los guardias demonios junto a la pared bajó discretamente la mirada. Lucien lo vio. —Esa reacción acaba de hacer la pregunta mucho más interesante. Darian suspiró. —Digamos que al principio... Pausa.
• • • Lucien parpadeó. —¿A todos? —A los que insistían en actuar como idiotas incompetentes. —¿Podía hacerlo? Darian permaneció un segundo en silencio. —En aquel momento no estaba completamente seguro. Lucien lo miró fijamente. —¿Los amenazó antes de comprobarlo? —Sí. —Majestad... —Después pregunté. —Eso no mejora la primera parte. —Los juristas dijeron lo mismo. • • • Uno de los soldados humanos se mordió discretamente el interior de la mejilla. Lucien negó lentamente. —¿Y funcionó? —Consiguió que prestaran atención. Darian se inclinó ligeramente hacia adelante. —Pero la amenaza no fue lo que consiguió que cooperaran a largo plazo. —¿Entonces? —Descubrí qué querían.
Lucien levantó una ceja. —Dinero. —Algunos. —Más tierras. —Algunos. —Poder. —Demasiados. Pausa. —Pero había algo que casi todos querían. —Reconocimiento. • • • Lucien permaneció callado. Darian continuó: —Un noble puede tener tierras suficientes. —Dinero suficiente. —Incluso poder suficiente. —Y aun así quiere que los demás sepan que su casa importa. —Quiere que su nombre aparezca. —Que alguien recuerde que participó. —Que otro noble lo vea y piense que está haciendo algo importante. Lucien sonrió apenas. —Eso suena familiar. —Así que empecé a utilizarlo.
Darian señaló las líneas ferroviarias del mapa. —Si una casa facilitaba terreno para construir una estación, se reconocía su colaboración. —Si financiaba parte de un hospital, su nombre podía aparecer entre quienes ayudaron. —Si un noble organizaba recursos para un puente, podía participar en la inauguración. —Si una administración territorial lograba buenos resultados, lo hacía público. Lucien: —Les dio prestigio. —Sí. —¿Y poder sobre el proyecto? —No. Darian respondió inmediatamente. —Esa era la condición. • • • Lucien esperó. —Podían recibir reconocimiento por aquello que ayudaban a construir. Pausa. —No podían apropiarse de aquello que su cooperación había conseguido. Darian señaló el mapa. —Prefería escuchar a un duque decir: “Mi casa ayudó a construir este puente.” Pausa.
—A permitirle decir: “Este puente pertenece a mi casa y yo decidiré quién puede cruzarlo.” Lucien sonrió. —Les dio lo que querían sin entregarles las llaves. Darian señaló al rey humano. —Exactamente. • • • Lucien se reclinó. —Supongo que no todos reaccionaron bien. Darian soltó aire. —No. —¿Algún ejemplo? —Varios. —Elija uno. Darian pensó. Después apareció una pequeña sonrisa. Uno de los guardias demonios reconoció inmediatamente aquella expresión. —Oh, no —murmuró apenas. Lucien volvió hacia él. Darian: —Ignórelo. —Ahora definitivamente quiero escuchar. • • •
Darian apoyó un brazo sobre la mesa. —Había un noble especialmente molesto durante una discusión administrativa. —Le señalé que llevaba meses tomando decisiones incompetentes. —No le gustó. —Eso lo imagino. —Así que decidió explicarme por qué yo debía respetarlo. Darian hizo una ligera imitación del tono solemne del hombre. —“Majestad, mi abuelo perdió un brazo defendiendo este reino y mi padre comandó ejércitos durante décadas.” Lucien asintió lentamente. —He escuchado versiones de eso en Arthel. —Yo le respondí que su abuelo parecía haber sido un hombre valiente. —Y que su padre probablemente había sido un comandante competente. Pausa. —Pero ninguno de ellos estaba sentado frente a mí. La sonrisa de Lucien empezó a crecer. —¿Y después? Darian mantuvo una expresión completamente seria. —Le dije que si seguía siendo igual de incompetente... Pausa. —ni su abuelo, ni su padre, ni todos sus tatarabuelos juntos iban a salvarle el título. Silencio.
Uno de los guardias humanos miró inmediatamente al suelo. El otro apretó los labios. Lucien tardó tres segundos. Después empezó a reír. • • • —¿Le dijo eso? —Sí. —¿Delante de otros nobles? —Sí. —¿Qué ocurrió? Darian pensó. —La reunión se volvió mucho más productiva. Lucien volvió a reír. —Debió conseguir muchos enemigos. —Sí. Darian no lo negó. —También conseguí que entendieran algo. La expresión de Lucien volvió lentamente a la seriedad. Darian continuó: —El mérito no se hereda. • • • Silencio. —Un apellido sí.
—Una fortuna. —Una casa. —Incluso una corona. Lucien levantó ligeramente los ojos ante aquello. Darian no apartó la mirada. —La competencia no. Pausa. —Un abuelo puede haber salvado un ejército. —Eso no convierte al nieto en estratega. —Un padre puede haber administrado magníficamente una provincia. —Eso no significa que su hijo sepa gobernarla. —Una familia puede haber servido al reino durante quinientos años... Darian hizo una ligera pausa. —y aun así producir un idiota en el quinientos uno. Lucien soltó una pequeña risa. —Definitivamente no voy a repetir esa frase exactamente ante mi Consejo. —Probablemente sería donde más útil resultaría. • • • Lucien observó durante unos segundos el sello de su propia casa. —Usted dijo que incluso una corona puede heredarse. —Sí. —Entonces esa regla también se aplica a mí. Darian no dudó.
—Por supuesto. La respuesta sorprendió incluso a los guardias humanos. Lucien lo observó. —¿No considera que ser hijo de Edric me da legitimidad? —Le dio la corona. Pausa. —Lo que haga después decidirá si merece conservar la confianza que viene con ella. Lucien guardó silencio. Darian añadió: —La misma regla se aplica a mí. —Azrhael me dejó un reino. —Eso no significa que automáticamente supiera gobernarlo. —He cometido errores. —Seguiré cometiéndolos. Pausa. —Lo único que puedo hacer es intentar que no sean siempre los mismos. • • • Lucien bajó lentamente la mirada. —En Arthel tenemos casas que justifican cada privilegio diciendo lo que hicieron sus antepasados. —“Mi familia defendió esta frontera.” —“Mi bisabuelo luchó en esta guerra.” —“Nuestra sangre sirvió a la Corona durante siglos.”
Darian asintió. —Todo eso puede merecer reconocimiento. —Pero no responde la pregunta importante. —¿Cuál? Darian lo miró directamente. —¿Qué está haciendo usted ahora? • • • Lucien no respondió. —Un campesino no alimenta a su hijo con la victoria militar del tatarabuelo de un marqués. —Un puente no se repara con un apellido. —Un hospital no funciona porque una familia tenga un escudo bonito. —Y un ejército no gana porque el padre de su general fue excelente treinta años antes. Pausa. —Honre a los muertos por aquello que hicieron. —Juzgue a los vivos por aquello que hacen. • • • Durante varios segundos solo se escuchó el viento contra las ventanas. Finalmente Lucien preguntó: —Entonces ¿por qué conservar a la nobleza? Darian levantó una ceja. —Porque destruir algo solo porque está mal utilizado es una manera muy costosa de gobernar.
—Muchos nobles eran útiles. —Tenían experiencia administrativa. —Conocían sus territorios. —Tenían redes comerciales. —Recursos. —Influencias locales. —Algunos se preocuparon realmente por su gente. Darian negó. —Nunca pensé que el problema fuera que existieran nobles. Pausa. —El problema era que algunos creían que haber nacido nobles los convertía en indispensables. —Así que los hizo demostrarlo. —Exactamente. • • • Lucien pensó durante unos instantes. Después preguntó: —Si me permite otra pregunta. —Adelante. —¿Qué haría en mi lugar? Darian dejó de moverse. Aquella pregunta sí necesitaba cuidado. —No soy rey de Arthel. —Lo sé.
—Su país tiene leyes diferentes. —Una historia diferente. —Problemas diferentes. —No debería intentar convertirlo en una copia del mío. Lucien asintió. —Pero... Darian lo observó. —Si me permite darle un consejo... —Por eso pregunté. Darian se inclinó ligeramente hacia adelante. —No se esconda en el palacio. • • • Lucien frunció el ceño. —No tengo intención de esconderme. —No me refiero a encerrarse literalmente. Pausa. —Puede pasar diez horas al día reuniéndose con ministros. —Generales. —Nobles. —Diplomáticos. —Funcionarios. —Y terminar creyendo que conoce Arthel. Darian negó.
—No lo conocerá. • • • Lucien guardó silencio. —Salga. —Vaya a mercados. —Estaciones. —Hospitales. —Campos. —Talleres. —Cuarteles. Pausa. —Escuche a personas que no tengan ninguna razón para agradarle. —Especialmente a esas. Lucien levantó una ceja. —Eso puede ser peligroso. Darian soltó una pequeña risa. —Gobernar es peligroso. Después volvió a ponerse serio. —Y le diré algo más. —Sus ciudadanos pueden ser mucho más peligrosos que toda su nobleza junta. Los dos soldados humanos levantaron ligeramente la mirada. • • • Lucien:
—¿En qué sentido? —Un noble puede tener tierras. —Dinero. —Una pequeña fuerza privada. —Contactos. Darian señaló vagamente hacia el exterior de la fortaleza. —Pero son sus ciudadanos quienes cultivan los campos. —Construyen casas. —Trabajan en talleres. —Mueven mercancías. —Mantienen las vías. —Pagan impuestos. —Sirven en sus ejércitos. —Crían a la siguiente generación. Pausa. —Un pueblo que coopera puede ser más eficiente que cien casas nobles. Lucien permaneció inmóvil. —Y un pueblo que deja de confiar... Darian negó lentamente. —puede destruir un reino sin siquiera ponerse de acuerdo para hacerlo. • • • Lucien entrecerró los ojos. —¿Cómo?
—Dejan de creer en las instituciones. —Evitan impuestos. —Esconden producción. —No denuncian delitos porque no esperan justicia. —No colaboran con funcionarios. —Los mejores se marchan. —Otros simplemente dejan de intentarlo. Pausa. —Y si encima los oprime para obligarlos a obedecer... Darian miró directamente al joven rey. —jamás conseguirá que confíen en usted. • • • Lucien observó su propio sello real. Darian continuó: —Puede obligar a alguien a callarse. —Puede obligarlo a pagar. —Puede obligarlo a arrodillarse. Pausa. —No puede obligarlo a confiar. Silencio. —Y cuando un pueblo deja de confiar en su soberano... Darian se recostó lentamente. —quizá el reino no caiga mañana.
—Tal vez ni siquiera dentro de diez años. —Puede seguir habiendo palacios. —Coronas. —Desfiles. —Ejércitos. Pausa. —Pero la caída ya comenzó. • • • Lucien permaneció en silencio durante mucho tiempo. Después habló. —Eso le ocurrió a mi padre. No sonaba enfadado. Ni acusador. Solo cansado. Darian tampoco intentó endulzarlo. —Sí. Lucien levantó la mirada. —¿Cree que yo puedo recuperar esa confianza? Darian pensó. —No lo sé. Aquello pareció sorprenderlo. —Es la respuesta menos alentadora que podía darme. —No le serviría mentirle.
Pausa. —La confianza tarda mucho más en recuperarse que en perderse. —No puede decretarla. —No puede anunciar que ahora todos deben creer en usted. —No puede castigar a sus ciudadanos hasta que lo respeten. Lucien dejó escapar una pequeña risa amarga. —Entonces ¿qué puedo hacer? —Resultados. • • • Darian señaló el tratado. —No diga que Arthel cumplirá sus acuerdos. —Cúmplalos. —No diga que combatirá la corrupción. —Combátala. —No diga que sus tribunales serán más justos. —Hágalos más justos. —No diga que escuchará a su pueblo. Pausa. —Escúchelo. Lucien asintió lentamente. —Eso tardará años. —Sí. —Podría no ser yo quien vea todos los resultados.
—También. Darian se encogió ligeramente de hombros. —Gobernar únicamente para ver personalmente el resultado de todo es otra forma de egoísmo. • • • Lucien soltó aire. —Empiezo a entender por qué sus nobles lo encuentran agotador. —El sentimiento es mutuo. Eso consiguió arrancarle otra sonrisa. • • • Lucien tomó finalmente la pluma. Antes de firmar, volvió a mirar a Darian. —Una última cosa. —Adelante. —Cuando amenazó a sus nobles con quitarles sus títulos... Darian esperó. —¿Qué habría hecho si sus juristas le hubieran dicho que no tenía autoridad para hacerlo? Silencio. Uno de los guardias demonios cerró los ojos durante un instante. Darian pensó. —Probablemente habría intentado conseguir una ley que me permitiera hacerlo. Lucien soltó una carcajada.
—Al menos es consistente. —Intento serlo. • • • Lucien firmó. Darian tomó después la pluma. Durante un instante observó ambos espacios destinados a las firmas. Recordó Dareth. Azrhael. La ruptura. Los informes de guerra. Los muertos. Los trenes cargados de soldados. Valderan. Aveline frente a él con una espada. Todo aquello había ocurrido. Firmar no lo borraría. No debía hacerlo. Pero tampoco tenía por qué repetirse. Darian escribió: Darian Vhalyr. • • • No hubo aplausos. No hubo música.
Solo dos firmas. Y una paz que ya no tenía fecha de vencimiento. • • • Lucien contempló el documento. —Entonces no somos aliados. Darian: —No. —Pero tampoco enemigos. —No. Lucien sonrió ligeramente. —Supongo que es un buen comienzo. —Es mucho mejor que dispararnos. —Estándar bastante bajo. —Funcionó durante siglos. • • • Ambos se levantaron. Lucien extendió la mano. Darian la estrechó. —Si dentro de cinco años —preguntó Lucien— vuelvo a preguntarle por una alianza defensiva... Darian lo observó. —Entonces dentro de cinco años veremos qué hicieron nuestros reinos con esos cinco años. Lucien asintió.
Eso era suficiente. Por ahora. • • • Antes de separarse, Lucien miró alrededor. —Esperaba ver a Aveline. —Está en la fortaleza. —¿Por qué no participó? Darian respondió sin vacilar. —Porque nació en Arthel. Lucien frunció ligeramente el ceño. —¿No confía en ella? Darian endureció apenas la expresión. —Completamente. Pausa. —Precisamente por eso no la pondría en una situación donde otros puedan utilizar su presencia para cuestionar sus decisiones. Lucien escuchó. —Fue su Heroína. —Ahora es mi prometida. —Si defendiera una posición favorable a Arthel, algunos dirían que me manipuló. —Si defendiera una posición favorable a mi reino, otros dirían que traicionó al suyo. Darian negó.
librar. Lucien permaneció callado. Después asintió. —Hizo bien. Darian sonrió. —Ella dijo lo mismo. —Me sorprende que se lo haya dicho sin discutir. —A mí también. • • • Lucien abandonó la sala acompañado por sus dos guardias. Darian esperó algunos minutos. Después fue a buscar a Aveline. La encontró sobre una terraza interior. Miraba hacia el oeste. Hacia Arthel. Cuando escuchó sus pasos, giró. Sus ojos fueron inmediatamente al documento que llevaba. —¿Terminó? Darian levantó ligeramente las hojas. —Sí. —¿Paz? —Paz permanente. Aveline permaneció inmóvil durante un instante.
Después respiró lentamente. —¿Defensa mutua? —No. —¿Cooperación? —Limitada. —¿Tecnología? —Nada militar. Aveline sonrió. —Entonces salió bien. Darian se acercó. —Lucien esperaba más. —Natural. —Aceptó menos. —Eso también es gobernar. • • • Aveline tomó el documento. Leyó. Sus ojos llegaron a la cláusula final. No constituye una alianza defensiva. —¿Crees que algún día la haya? Darian miró hacia la frontera. —Quizá. —Eso no responde.
—Es la única respuesta honesta. Pausa. —Dos años de paz son buenos. —Cinco serán mejores. —Diez mejores todavía. Aveline asintió. Darian añadió: —Pregúntame cuando la confianza tenga más de dos años. • • • Ella siguió leyendo. Después levantó los ojos. —Entonces oficialmente... Pausa. —la guerra terminó. Darian permaneció callado. El armisticio había detenido las armas. Pero siempre había existido un número al final. Quince años. Una cuenta regresiva. Una fecha después de la cual alguien tendría que decidir nuevamente qué significaba la relación entre ambos pueblos. Ahora ya no. No había año dieciséis esperando como una amenaza. Solo un tratado.
Imperfecto. Limitado. Desconfiado. Pero permanente mientras ambos reinos decidieran respetarlo. —Sí —respondió Darian finalmente. —Oficialmente. • • • Aveline extendió la mano. Darian la tomó. No celebraron. No todavía. Se limitaron a contemplar las tierras fronterizas. Tierras por las que humanos y demonios habían muerto intentando imponer respuestas que ahora dos hombres habían logrado escribir sobre una mesa. No amistad. No alianza. No olvido. Paz. Por el momento... era suficiente. • • • Horas después, el tren abandonó Cargadrath rumbo a la capital. Lucien viajaba en dirección contraria.
De regreso a Arthel. Con una copia del tratado. Y con una frase repitiéndose dentro de su cabeza. El mérito no se hereda. Quizá tampoco la confianza. Su padre había perdido una parte enorme de ella. Lucien había heredado la corona. No la confianza que alguna vez había acompañado a esa corona. Esa tendría que ganársela él. • • • Y mientras el rey humano viajaba hacia su país... sin saber dónde se encontraba realmente su hermana... Elyra seguía en la capital demoníaca. Todavía era Lysa Arden. Todavía trabajaba detrás de un escritorio ferroviario. Todavía era, para su supervisor, la princesa de los números. Los dos hermanos habían llegado al Reino Demoníaco buscando cosas diferentes. Lucien buscaba seguridad. Elyra buscaba respuestas. Ninguno lo sabía todavía... pero ambos estaban regresando a Arthel con la misma lección. La confianza podía perderse mediante una sola traición. Recuperarla...
requería mucho más que una firma. FIN DEL CAPÍTULO LXV